Lo bonito de no guardarse nada

Me cuesta escribir a veces. Mucho. Y es extraño.

Cómo te puede gustar tanto una cosa, hacerte feliz  y sin embargo tener una capacidad asombrosa para aplazarlo, para ir dejándolo para otra ocasión, otro momento, a veces, otra vida.

A menudo me pregunto si será el miedo irracional que tenemos a mostrarnos al mundo lo que nos frena.

Yo soy de las que está convencida que todo ser humano tiene algo que mostrar al mundo, sin excepción.

No lo llamaría “don” pero si una pasión, una habilidad que se diferencia del resto de rasgos que forman parte de nosotros simplemente, por la capacidad que tiene de hacernos felices.

Aunque parezca que siempre ando distraída en mis cosas (y la gente que me conoce entenderá lo que digo) soy una persona que se fija mucho en los detalles y me encanta observar a las personas.

Cuando vivía en Barcelona uno de mis pasatiempos favoritos era observar a la gente mientras iba sentada en el autobús e intentar adivinar la clase de vida que tenían.

Supongo que no se diferencia mucho de lo que hago cuando compongo una fotografía o pinto un cuadro. Al fin y al cabo, todo se reduce a saber observar para después, poder plasmar la realidad que tú interpretas.

El caso es, que la realidad que yo veo cuando observo a la gente es que muy a menudo no se conoce lo suficiente o en el peor de los casos, se conoce pero le da miedo mostrarse tal cual es. Enseñar qué es lo que les mueve, lo que hace que su cuerpo entero vibre.

Y yo me pregunto qué maravilloso sería poder ver cómo la gente se deja llevar y se muestra. Poder conocer aquella parte de su ser que tiene tan escondida.

Cómo aquella amiga que conoces que canta tan bien pero que jamás escuchas porque sólo lo hace cuando está sola.

Por desgracia, tengo que decir que somos seres irracionales más a menudo de lo que deberíamos y eso hace que ejerzamos una presión social a nosotros mismos y a los demás que nos limita mucho como individuos.

Nos encasillamos y etiquetamos demasiado y eso nos impide avanzar y trabajar en nosotros mismos.

Yo pienso que a la gente no la define únicamente el entorno en el que vive o la profesión a la que se dedica. En mi opinión, eso es una parte muy pequeña comparado con todo lo que nos guardamos. Con todo lo que no sacamos.

Cuando era pequeña mi padre llegaba a dibujar verdaderas obras de arte con un boli cualquiera y un trozo de papel mientras estaba distraído al teléfono con alguien.

Recuerdo en concreto uno de esos días, observarle dibujar la silueta de un caballo que parecía tener vida propia y preguntarme por qué no se dedicaba a dibujar a todas horas en vez de estar en aquel trabajo tan aburrido.

A medida que fui creciendo, vi que existían obligaciones y presiones sociales que a veces te impedían avanzar y fui entendiendo un poco más a mi padre.

Durante muchísimo tiempo yo misma me he estado censurando frente a los demás.

Poniendo una barrera entre el mundo exterior y las cosas que me hacían feliz, que pudieran salirse de la norma establecida.

Era como si poniendo un muro, evitando toda crítica ajena a la mía, lograra preservar más o menos intactas mis ganas de escribir. Pero con esto sólo conseguía eso, que se quedaran sólo las ganas.

Y no fue hasta que entendí que mis ganas de crear, de escribir, de intentar realizar aquello que realmente se llevaba toda mi motivación, no podían recluirse y guardarse en el cajón de mi escritorio; jamás reuní la fuerza necesaria para intentarlo.

Porque a la pasión hay que ponerle ganas, muchas.

Hay que darlo todo.

Hay que Intentarlo poniendo toda tu energía, para que una vez que termines puedas decir que no te has guardado nada, que te has quedado vacío por dentro.

Sólo cuando lo hayas intentado y hayas sentido por fin, esa sensación recorrerte hasta los dedos de los pies, podrás decir que realmente te conoces. Que sabes quién eres.

Porque la esencia de uno mismo es aquello que nos mueve y nos hace vibrar por dentro.

Porque la esencia de uno mismo, es lo único, que nos puede definir.

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Decisiones y arrullo de mar

Me gusta el mar.

Siempre he pensado que, escuchar el movimiento rítmico de las olas, su eterno vaivén; es lo más parecido a una nana que puedes disfrutar siendo adulto.  

Cuando paseo en silencio, escuchando el arrullo del mar, descalza y sintiendo la arena húmeda entre mis pies, me siento más viva que nunca. Pocas cosas me cargan más las pilas que dejarme llevar por esa sensación y poner silencio a al ruido constante en mi cabeza.

Ese ruido, como el borboteo de una cafetera a punto de ebullición. ¿Cómo hemos llegado a aprender a vivir con ello? No me imagino a la gente de la prehistoria con ese apabullamiento neuronal, como si las ideas se acumulasen todas juntas y apretadas en un andén de Tokio esperando el metro.

Quizá tenga que ver con la idea que saqué hace poco de un artículo, donde se explicaba que uno de los mayores problemas de la sociedad en la actualidad era el exceso de oferta, el exceso de posibilidades.

¿Irónico no? A mí personalmente, siempre me ha parecido una maravilla moderna tener la libertad de poder elegir entre varias opciones. El no tener que conformarte con la primera opción disponible, a veces, quedarte con varias a la vez. 

El problema es, que son tan infinitas las posibilidades y lo tenemos tan al alcance, que nos saturamos.

Y es que, es fantástico tener el privilegio de poder escoger entre varias opciones, pero creo que el problema está en que no se nos enseña a usar bien ese privilegio. En usar tu poder de elección para algo verdaderamente importante para ti, que sume. Ya que si te pasas la vida tomando decisiones con la misma intensidad, sean importantes o no, sin priorizar, no te dejas tiempo ni energía  para tomar las que de verdad supongan un cambio en tu vida.

Dudar muchísimo para escoger entre tres pantalones y aun así, salir de allí pensando que los pantalones de la tienda anterior quizá te sentaban mejor, es el mal de nuestro tiempo. El miedo a no escoger correctamente entre tantas opciones nos hace vacilar para tomar decisiones tan pequeñas como elegir un libro y a la vez tan grandes como poner fin a un amor.

¿Por qué tenemos tanto miedo a equivocarnos?

¿Acaso la historia no nos ha enseñado que el ser humano tiene la maravillosa capacidad de aprender y mejorar de sus errores? Grandes inventos se han logrado tras repetidas equivocaciones o lo que es mejor aún, tras resultados del azar.

 Las elecciones en la vida son geniales pero el disfrutar de algo totalmente esporádico, fortuito, es decir, resultado de ”mi amigo” el azar, es sin duda, lo mejor del mundo.

Tod@s deberíamos reconciliarnos con el azar.

Y os lo digo yo que, tras haberme pasado media vida intentando controlar todo lo que sucedía a mi alrededor por miedo a que me hicieran daño; un día decidí “soltar”, dejar que el azar hiciera su parte y puedo afirmar sin lugar a dudas, que aquello se convirtió en una bonita amistad.

Poder elegir sin miedo, soltar las cosas que no puedes controlar y disfrutar de las que sí, es sin duda, el descubrimiento más valioso de mi último año. 

Ahora concibo la vida mucho más allá de las opciones que veo a simple vista, porque la vida casi nunca suele enseñarte todas las cartas que tiene guardadas para ti hasta que no has movido ficha.

No vaciles, escoge.  Siéntete a gusto y libre con tu elección, porque es tuya y solo tuya. Y sobre todo, permítete soltar la ilusión de control de todos los aspectos de tu vida, porque sólo es eso, una ilusión. Intenta y confía.

Porque a veces, la vida nos hace protagonistas de momentos fantásticos que jamás habríamos imaginado y mucho menos planeado.

Porque a veces, la vida y el azar, nos regalan el arrullo del mar en una esquina cualquiera.

Instagram no bebe vino malo ni sale a comprar el pan.

Hoy en día la gente anda loca por vivir.

Las redes sociales, las tazas de café, incluso las fundas de los móviles andan llenas de mensajes ultra-positivos, instándonos, casi obligándonos, a vivir intensamente.

La vida son dos días, dicen. Creo que es una de las frases que más he escuchado en los últimos años.

Esta urgencia por vivirlo todo disfrazado de buen-rollismo siempre me ha parecido la manera menos motivante de vivir.

En mi vida, he pasado por épocas en los que los días se me hacían eternos y la monotonía me cansaba más que diez maratones. Pero ni una sola vez sentí tanto estrés como cuando quise vivir como los calendarios de Mr.Wonderful. Como si estar triste, sentir pereza o estar aburrido no fueran sentimientos propios y necesarios también, para el ser humano.

Las instagramers, las revistas y las redes sociales en general, te enseñan que un día normal en villa-felicidad tendría que ser subir a un avión a Dublín un jueves y volver un sábado para un festival, habiendo tenido tiempo de recorrer toda la ciudad, comido en los restaurantes más cool, hecho mil fotos y de paso, ponerte morena en el césped de Fénix Park en febrero.

Venga ya!

Seamos sinceras…Yo si me voy a un concierto entre semana y vuelvo de madrugada, al día siguiente tengo que pincharme cafeína en vena y añadir tres días de recuperación.

Creo firmemente, que vivimos en un estado de lavado neuronal en toda regla, donde la filosofía gira en torno a las sonrisas 24h y a la adicción a las cosas nuevas.

Y yo, desde aquí, abogo por la felicidad de las pequeñas cosas y por no sentir que desperdicias tu vida si no has viajado dos veces en el último mes, pateado dos festivales y tres mercadillos hippies…que viva lo insignificante y mundano!

Sí señor, me sumo a la felicidad mediocre, en encontrar un placer casi orgásmico en poder quitarte el sujetador nada más llegar a casa o en ese pijama zarrapastroso tan fino como un papel y con tantas ventilaciones como un rallador de queso, pero que estas deseando tener limpio para volvértelo a poner.

En mojar patatas, cómo no, en todas las guarrerías y salsas inclasificables que encuentras en la cocina cuando estas aburrida, y en regar con mucho vino y del malo, toda conversación.

La felicidad no debería medirse por la cantidad si no por la calidad, ya lo decía mi abuela… Pasarte la vida coleccionando momentos como si fueran sellos, sin siquiera detenerte a saborearlos, no debería ser sinónimo de vivir intensamente.

Hay que vivir mucho, pero de puertas para adentro, para una misma y para los suyos…saber quererse, porque quererse bien y muy fuerte te permite disfrutar y eso si es sinónimo de felicidad. Encontrar placer en cualquier cosa y en cualquier lugar, desde beberte un té macha en tu terraza o el olor de un libro nuevo hasta del paseo que te das para comprar el pan.

Porque si nos metemos presión hasta para ser felices, el mundo se convierte en una carrera constante donde a menudo nos olvidamos de una parte importante de nosotros.

Donde saborear, sentir y recordar terminan perdiendo la esencia y el por qué.

En definitiva, donde lo que menos hacemos es vivir y ser felices.

Café

La música de Sidonie empezó a sonar al tiempo que se ajustaba los cascos con cuidado de no alborotar aún más aquellos rizos que tenían vida propia.

Laura echó a andar por la diagonal sin prisa, como hacía cada día después de trabajar.
A pesar del tráfico de hora punta, adoraba callejear por la ciudad a esa hora. Le gustaba observar a la gente que salía de sus trabajos, que se arremolinaba alrededor de las puertas de las cafeterías y estaciones de autobús, imaginando cómo debían de ser sus vidas.


La música la envolvía y creaba una banda sonora a todo cuanto sucedía a su alrededor.

Mientras escuchaba absorta, pensó en la mujer y los niños pequeños que debían esperar en casa al hombre trajeado que corría para no perder el autobús, deseoso de llegar a tiempo para el cuento de buenas noches; en cuantos países habría visto la atractiva morena que arrastraba con aire resuelto aquella pequeña maleta de ruedas o en la fascinante vida que debían de haber llevado la pareja de ancianos que, cogidos de la mano, discutían con aire risueño sobre alguna cosa que ella no alcanzaba a escuchar.

El pitido indicando la muerte próxima de su viejo y maltratado ipod la sacó de su ensimismamiento justo cuando se acercaba a la esquina.


Apretó mas el paso, queriendo dejar la tienda atrás lo antes posible, pero aun así no pudo evitar echar un vistazo al escaparte.


Hubo tiempo en el adoraba pasar por aquella tienda y quedarse maravillada ante los vestidos de novia del fabuloso escaparate.

Ahora se conformaba con que al menos hubieran cambiado de colección y su vestido ya no fuera un recordatorio constante en una vidriera demasiado iluminada.

Con un sonoro bufido se apartó de allí mientras subía el volumen, dispuesta a insonorizar sus pensamientos con toda la energía que le quedaba al viejo cacharro.

El impacto que sintió hizo volar el ipod por los aires, estrellándose con un ruido sordo en la acera mientras ella caía de bruces al suelo. Buen día para llevar medias pensó, aturdida, mientras se sentaba en el suelo y se miraba un agujero enorme que dejaba ver la fea raspadura que se había hecho en la rodilla.

Un zumbido de voces que se volvía cada vez mayor la envolvió, al tiempo que notaba una mano fuerte que le agarraba del brazo y le ayudaba a incorporarse.

Fue entonces cuando se dio cuenta que todavía llevaba los cascos. Se los quitó, a tiempo de escuchar una voz grave que procedía de los brazos que aún la sujetaban, disculparse por segunda vez.

El chico, que la observaba con aire preocupado, tenía los ojos más negros que ella hubiera visto nunca y a pesar del aire amable y un poco despistado que desprendía, la miraba con tal intensidad que le costó articular palabra.

Necesitó de varios minutos hasta que por fin pudo apartar la mirada lo suficiente para poder concentrarse en su voz y poder escucharle hablar de una cafetería, situada a poca distancia, donde al parecer trabajaba y donde podría limpiarse la herida.

Siguió la mirada de él hacia sus rodillas mientras lo escuchaba. Lo que en un principio había parecido una simple rascada, había comenzado a hincharse un poco y a escocer le de una forma tan molesta que accedió, a pesar de la vergüenza.

Caminaron en un silencio tímido hasta llegar a la puerta. En cuanto entraron, él desapareció detrás del mostrador con rapidez mientras que Laura se sentaba en la mesa más alejada del bullicio de media tarde.

Se dedicó a observar la cafetería. Sólo hacia cuatro meses que había dejado de venir pero le pareció encontrar algunos cambios. Las paredes parecían recién pintadas y las nuevas sillas eran mucho más cómodas.


Había olvidado lo mucho que le gustaba aquel sitio. Su mirada se dirigió a una mesa situada en la entrada. Ahora había un par de chicas riendo mientras una de ellas conversaba por teléfono, pero ella sólo pudo pensar en las miles de veces que había ocupado aquellos asientos con él, cada día, después de trabajar.

Ahora ya no trabajaba en el mismo lugar y los cafés de la tarde se habían substituido por paseos con la música suficientemente alta como para no escucharse a sí misma.

Por primera vez en mucho tiempo, se preguntó cuantas otras cosas había dejado atrás sin haberse dado cuenta de ello. El ruido de una silla al apartarse la sacó de sus pensamientos. El chico de ojos penetrantes la miraba indeciso mientras sujetaba una bolsa de hielo, como si no quisiera molestarla.

– Hacía tiempo que no venía por aquí, habéis hecho algunos cambios.-se justificó mientras sonreía tímidamente. Había apoyado la rodilla en la silla que le había acercado, mientras él se agachaba a ponerle el hielo.

-Si, lo sé, te recuerdo. – Le estaba atando un trapo alrededor de la rodilla para que el hielo se mantuviera en su sitio, tenía unas manos fuertes y bonitas. Debió de notar la mirada interrogante de ella por que alzó la cabeza para mirarla.

-Eres la chica que pide el café más extraño que conozco. – Se había encogido de hombros a modo de explicación pero una sonrisa traviesa se dejaba entrever en su cara.

Ambos se pusieron a reír.

Estuvieron hablando durante un rato, hasta que él se disculpó por tener que volver al trabajo. No había avanzado ni tres metros cuando se giró y la miró de nuevo.

-¿Quieres un café? – se pasó la mano por el pelo alborotado, mientras fingía recordar. – ¿Te gusta descafeinado de sobre con leche de soja tibia y dos sobres de azúcar moreno, verdad? – sonrió cuando acabó de enumerar lo que parecía una lista interminable.

– Casi. -dijo ella devolviéndole la sonrisa.- Prefiero de avena.

La luz de la tarde empezaba a esconderse cuando Laura salió por fin de la cafetería. Aún cojeaba un poco y nada se podía hacer para remediar los agujeros en las medias pero nada de eso le importaba.

Caminó en silencio, despacio, sin observar nada en concreto; disfrutando del bullicio de las calles de barcelona un día cualquiera.

De repente, se escuchó a sí misma tarareando una canción.

Al doblar la esquina, metió las manos en los bolsillos de su abrigo y sus dedos rozaron el frío metal de su viejo ipod.
Lo sacó del bolsillo, el golpe con la acera le había regalado varios arañazos que surcaban de forma irregular el vidrio.

No recordaba en qué momento lo había puesto ahí. Se encogió de hombros y se lo guardó de nuevo en el bolsillo con aire resuelto.

Después de todo, no quería interrumpir sus pensamientos. 

Libre

La barca se movía rítmicamente, mecida por las suaves olas que lamían con ahínco su casco.

Luis terminó de hacer el nudo en el mástil y se tumbó en cubierta, al lado de Fin. El teckel lo miró con ojos adormilados por el sol, moviendo la cola, como siempre hacía cuando se acercaba.

Pese a estar a tan pocos metros de la orilla, Luis se sentía libre como si estuviera en medio del océano. Como si no tuviera nada alrededor, tan sólo la compañía de un vasto horizonte.

Tenía todo el tiempo del mundo, la inmediatez en su vida se había reducido a tan sólo notar el calor del sol de primavera en sus mejillas y el aroma del salitre en sus manos.

Hubo un tiempo en el que las prisas gobernaban su vida, un café frío para llevar, el sonido de las teclas del ordenador hasta bien entrada la noche, las copas del afterwork de los viernes; una perfecta cuadrícula trazaba sus días hasta que la monotonía dejo paso a horas interminables atado a un gotero, visitas al oncólogo y esperas de resultados. Su mano acarició a Fin con aire distraído mientras recordaba. Notar el pelaje duro y desordenado de su perro siempre le hacia sonreír y disipaba en parte la bruma espesa que le envolvía cada vez que pensaba en su anterior vida.

Recordó el día en que se cruzaron, el chucho llevaba días deambulando por el parking del hospital, sucio y asustadizo, a Luis le costó mucho esfuerzo y comida de hospital que el perro confiara en él. Su dueño había muerto durante un paseo o eso le habían dicho,y el animal no se había dejado atrapar. Ahora sin embargo, al verlo dormir acurrucado a su lado, a Luis le pareció como si hubieran llevado toda la vida juntos y su anterior vida no hubiera existido jamás.

Se desperezó con calma y cogió el viejo libro de tapa dura que había dejado horas atrás. La vieja tapa estaba desconchada y rota por una esquina, sus hojas, tibias por el sol, emitieron un crujido de disgusto al pasar de unas a otras; no le quedaba más que unas pocas para saber como se las había ingeniado el protagonista para salir de sus problemas y sin embargo, no tenía prisa por terminarlo. Quería saborear cada letra, cada párrafo, beberse aquella historia como si estuviera muerto de sed en un desierto.

Levantó la vista hacia la orilla y dirigió su mirada donde se vislumbraba el inicio de una carretera. Los rápidos destellos que lanzaban las ventanas de los coches al pasar presurosos por aquel camino de hormigón le parecían discordantes con aquel momento. Como piezas de un puzzle que no encajan, se dedicó a observarlos un rato más y después, esbozando una sonrisa bajó la cabeza de nuevo al gastado libro.

El mundo jamás había tenido tanto sentido como ahora que carecía de él.

Calidoscopio

Siempre he pensado que todos soñamos, pensamos y respiramos lo que pasa por nuestra imaginación. Y la mía, se pasa el tiempo viviendo varias vidas en una sola.

El problema de la imaginación, dicen, es que no hay dos iguales y que no se comparten; que más de una idea fantástica se pierde por ello.

Yo pienso en ello como una ventaja, pues la capacidad de sorprender desaparecería si todos pudiéramos pensar de la misma forma.

Y en la capacidad de sorprender, de poder compartir mi imaginación, reside el motivo por el cual he creado este blog.

En poder guardar cada trocito de vida imaginaria, de relato y de historia que sucede en mi cabeza con asombrosa realidad.

Por que el ser humano, de eso estoy convencida, siempre tiene y tendrá, algo que decir al resto del mundo; y yo me auto-afirmo como la más humana dentro del calidoscopio inmenso que somos las personas.

Al fin y al cabo, tener algo que decir es siempre, un buen comienzo…

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